19 diciembre 2005

Las relaciones de producción

La victoria en la Guerra del Pacifico y la adquisición de una zona rica en yacimientos salitreros, que se transformaron en nuevas fuentes de producción, fueron configurando una infraestructura productiva y tejiendo una red que terminó fortaleciendo el poder del Estado, cuyo ejercicio quedó en manos de la oligarquía después de la Guerra Civil de 1891.

En Chile, las relaciones sociales y las instituciones políticas se sustentaban gracias al desarrollo de las actividades económicas de la explotación del salitre, que había terminado por configurar un determinado modo de producción.

Si consideramos lo anteriormente señalado, podemos agregar que las relaciones de producción entendidas como "las relaciones sociales que los hombres tejen entre sí con el objeto de producir y repartirse los bienes y servicios"(1), presentaban grandes contrastes, que con el paso del tiempo se harían evidente, ya que la distribución de la riqueza beneficiaba principalmente al Estado y a los Capitalistas, debido que "para el conjunto del periodo 1880-1924 el promedio de los derechos de exportación sobre el valor total del salitre y yodo exportados, fue de 33 por 100, y se ha estimado que los dos tercios restantes se dividían en partes similares entre las ganancias netas de los capitalistas y el valor de los costos de producción"(2).

Los efectos de esta desigualdad era visible en los estilos de vida que llevaban; por una parte, la burguesía que residía en la ciudad de Santiago, centro del poder económico y político del país, donde las familias acaudaladas derrochaban a manos llenas sus riquezas en gustos lujosos y caros, reflejando fielmente que “el hombre rico es, al mismo tiempo, un hombre que necesita un complejo de manifestaciones humanas de la vida y cuya propia autorrealización existe como necesidad interna”(3), y así lo podemos comprobar en algunos testimonios que hablan sobre la vida en la capital:

"Largas, apacibles calles de casas particulares, en su mayoría construidas a la moda del petit hotel parisino, con una que otra de un estilo más ambicioso, su somnolencia de súbito rota por el resonar de una airosa berlina o un bien equipado birloncho que no desmerecerían en el Bois Boulogne (los modelos de la elegancia chilena son todos franceses); mujeres bien vestidas, de aire refinado, que se deslizan por los bien barridos pavimentos... todo se combina parra hacer que uno se pregunte si no será la residencia de una corte convencional y lujosa, soñadamente apacible, más que el centro de un Estado Democrático activo y trabajador... es un lugar absorbente que atrae hacia sí gran parte de la riqueza del país. El sueño del chileno provinciano es hacer suficiente dinero para comprarse una casa en Santiago y allí vivir con toda comodidad"(4)

Sin embargo, este estilo de vida contrasta fuertemente con la de los obreros en el norte de país que vivían en condiciones deplorables, que el escritor Baldomero Lillo plasma en una descripción que realiza después de haber viajado a conocer las oficinas salitreras en el año 1908, donde señala que:

El campamento -donde viven los obreros- es en casi todas las Oficinas de una serie de viviendas construidas de un modo tan simple y rudimentario, que una ruca araucana, comparada con ellas, es un prodigio de confort y comodidad. Los muros, techumbres, paredes divisorias de estas habitaciones están formados de planchas de hierro galvanizados sujetas por armaduras de madera. El piso es de tierra salitrosa y el techo tiene la altura suficiente para que un hombre de regular estatura pueda estar de pie. Carecen de ventanas, y la luz exterior penetra por la única puerta que da a una callejuela que es al mismo tiempo patio, corral y depósito de basuras.

Nada más triste y misérrimo que el interior de estas viviendas. Obscuras, sin ventilación, parecen mas bien cubil de bestias bravías que moradas de seres humanos.

Un matrimonio y su familia ocupa dos piezas: una sirve de comedor, de cocina, de lavandería, de gallinero, etc., la otra es el dormitorio. En cuanto al mobiliario, todo es allí de una extrema miseria, ni siquiera existe lo indispensable.

Tal es en general, y salvo raras y honrosas excepciones, la morada, el hogar, el sitio de refugio y de descanso que tras de una tarea aniquiladora ofrece la Oficina a sus operarios.

Diariamente los obreros a trato que trabajan a cielo descubierto en la pampa suspenden sus labores a las tres o tres media de la tarde. A esa hora los rayos del sol son tan ardientes y han caldeado de tal modo la tierra y el aire, que proseguir la faena en esas condiciones es poco menos que imposible. Los barreteros y particulares abandonan entonces sus agujeros y se arrastran mas bien que caminan hacia el campamento. Y llegados allí se encuentran que su vivienda es un respiradero del infierno, pues las planchas de zinc que forman el techo y las paredes, recalentadas por el sol elevan la temperatura del interior a limites increíbles. Añádase a esto los olores nauseabundos que salen de los rincones donde se amontonan basuras y desperdicios, y se tendrá un cuadro bien poco halagüeño del hogar obrero en la pampa salitrera
"(5)

En esas condiciones, el obrero del salitre parecía haber descendido al nivel de una mercancía y de una mercancía miserable, miseria que aumentaba junto con la fuerza y el volumen de su producción... Sin duda, estamos hablando de la enajenación del obrero y su trabajo.

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(1) Guy Bourdé, Hervé Martin, Las Escuelas Históricas, Ediciones Akal, Madrid, 1992, p.189.
(2) Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo. Un siglo de Historia Económica, Editorial Universitaria, Santiago, 1991, p.87.
(3) From, Erich. Marx y el concepto del hombre, Fondo Cultura Económica, México, 2005, p.45.
(4) Citado en: Bauer, Arnold. La sociedad rural chilena. Editorial Andrés Bello, Chile, 1994, p.234.
(5) Lillo, Baldomero. "El obrero chileno en la pampa salitrera", en Documentos del siglo XX chileno, Editorial Sudamericana, Santiago, 2001, p.66.

17 diciembre 2005

El fortalecimiento de la superestructura estatal

Cuando en la Guerra del Pacífico, Chile conquistó las provincias de Tarapacá y Antofagasta, el Estado debió decidir respecto a la propiedad de las oficinas salitreras y su forma de operación. En el año 1875, el gobierno peruano había constituido un monopolio estatal, adquiriendo “75 oficinas modernas y numerosos terrenos que pagó con certificados salitreros al portador y bonos con garantía hipotecaria de la oficina respectiva"(1). Frente a esta situación, Chile tenía que establecer su responsabilidad a cargo del monopolio productivo mundial del salitre que tenía a su disposición y, en caso contrario, su actitud respecto de las oficinas, los bonos y certificados. Tal situación fue estudiada por dos comisiones legislativas que rechazaron rotundamente la idea de la propiedad estatal, por lo que "el Congreso en el año 1881 estableció otorgar el título a cualquiera que pudiera demostrar la propiedad del 75% de cada certificado, rematando al año siguiente las salitreras que no habían sido reclamadas por sus dueños"(2).

Debido a la inminente derrota peruana y a las escasas esperanzas que los ex propietarios y tenedores de bonos tenían de recuperar sus propiedades o ser indemnizados por el vencedor, surgió una gran especulación de bonos y títulos, cuyos precios cayeron verticalmente. Esto le permitió a numerosos especuladores entrar en el juego y beneficiarse de la política que el gobierno chileno había adoptado ante la propiedad de las oficinas salitreras. De esta manera, buena parte de la industria del salitre, desarrollada a partir de la década de 1860 con la participación de mineros y empresarios chilenos e incorporada al territorio nacional después de la victoria de la Guerra del Pacífico, fue entregada a la especulación extranjera de bonos y certificados peruanos.

Las pretensiones del Presidente de la República, José Manuel Balmaceda, de "evitar la entrega de la totalidad de los terrenos salitreros fiscales a los monopolios extranjeros, para preservar al Estado de un instrumento de regulación de la industria; obtener el control de los ferrocarriles salitreros vinculados con los del centro del país; e invertir el gran excedente de los ingresos fiscales derivados del salitre, en obras reproductivas a fin de formar una riqueza nacional permanente para cuando se agotara la del salitre"(3), entraron en una fuerte contradicción con la realidad económica, social y política que había cambiado notablemente después de la Guerra el Pacifico. Estas pretensiones del Presidente Balmaceda, fueron vistas por el Congreso como un intento de instaurar un régimen de corte presidencialista y autoritario. La Guerra Civil de 1891, donde las Fuerzas Armadas se dividieron y se enfrentaron, terminó con la derrota y la caída del Presidente Balmaceda.

Una de las principales consecuencias de esta Guerra Civil es que el Congreso, apoyado por la Armada y una fracción del Ejército, asumió el control del gobierno, imponiéndose sobre la autoridad de los presidentes de la república por casi tres décadas. La instauración de un seudo régimen parlamentario se vio beneficiado con los considerables ingresos fiscales, derivado de los impuestos a las exportaciones salitreras que, en 1880 significaban solamente el 5 por 100 de las rentas ordinarias de la nación, proporción que aumentó al 50 por 100, diez años mas tarde, y ahí se mantuvo fluctuando desde 1890 hasta 1918, para disminuir fuertemente en los años posteriores. La mayor cantidad de ingresos que comenzó a percibir el fisco, significó que éste aumentara el gasto destinado al crecimiento del aparato burocrático estatal, que en el año 1880 sumaba 3000 funcionarios. En 1900, ya habían más de 13000 y en 1919 más de 27000, lo que implica que la autoridad administrativa del Estado se extendió fortaleciendo la red de influencia que la clase dirigente mantenía a lo largo de todo el país.

Al mismo tiempo las Fuerzas Armadas, principalmente el Ejército, se vio afectado por la consolidación del poder parlamentario después de la Guerra Civil, ya que muchos hombres que habían participado en la guerra, formando parte del ejército revolucionario, que por convicciones políticas estaba en contra del presidente Balmaceda, se quedaran en el Ejército continuando su carrera hasta llegar incluso al generalato, desplazando a las viejas familias de tradición militar(4). Esto, sumado a la influencia que el Ministerio del Interior ejercía en el Ejército, que además dependía del Ministerio de Guerra, significó que los mandos militares en sus distintas jurisdicciones se encontraban subordinados a los intendentes, gobernadores y a la voluntad política de quienes ostentaban el poder en el gobierno.

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(1) Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo. Un siglo de Historia Económica, Editorial Universitaria, Santiago, 1991. p.45.
(2) Collier, Simon y Sater, William. Historia de Chile 1808-1994, Cambridge University, Madrid, 1998, p.135.
(3) Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo. Op. Cit, p.45.
(4) Vial Correa, Gonzalo. "El Ejército en la Guerra Civil", Primera jornada de historia militar siglos XVII-XIX, CESIM, Santiago, 2004, p.188.

La configuración de una infraestructura productiva


A mediados del siglo XIX, se había iniciado la penetración del desierto nortino que por el descubrimiento de plata, guano y salitre, adquirió una gran importancia económica. Las actividades que por entonces comenzaron a desarrollarse, atrajeron a la provincia boliviana de Antofagasta fuertes inversiones y un considerable flujo de población, de manera que, hacia fines de la década de 1870, aquella región estaba poblada en su mayoría por chilenos. Por otra parte, la iniciativa chilena también se había extendido, aunque en menor grado, hacia las salitreras de la provincia peruana de Tarapacá.

La falta de una delimitación clara y precisa de las fronteras entre Chile y Bolivia, generó un conflicto que se desencadenó por los esfuerzos que ambas naciones hicieron por querer ejercer el control del desierto que, por tanto tiempo, había sido despreciado. En este conflicto también se vio involucrado Perú.

La importancia de la victoria de Chile en la Guerra del Pacifico, en la que anexó las provincias de Tarapacá y Antofagasta, radica en que "no sólo le significó la adquisición de un vasto territorio con diversificada riqueza mineral y pesquera, sino que le entregó una industria salitrera floreciente en la fase de gran expansión de sus mercados"(1), que le generarían enormes ingresos económicos por un largo período que duraría hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, momento a partir del cual las ventas disminuirían progresivamente hasta desaparecer con la Gran Depresión económica a principios de la década de 1930.

Las nuevas fuentes de producción que quedaban a disposición de Chile para ser explotadas, se encontraban ubicadas en una región geográficamente lejana, desértica y aparentemente desvinculada del país, por lo que era necesario la creación de una amplia infraestructura que contara con ferrocarriles, telégrafos, servicios urbanos y puertos que estuvieran orientados a mejorar las condiciones para la explotación del salitre. Para ello, se requería una gran densidad de mano de obra, que significaba el empleo de grandes cantidades de obreros dedicados a las actividades mineras, del transporte terrestre y a las actividades portuarias, ello a lo largo de una amplia extensión de territorio, que significó un extenso desplazamiento geográfico de recursos humanos, en parte al menos de origen rural, que dieron comienzo a asentimientos urbanos en el norte del país.

De esta manera, se fueron instalando una gran cantidad de oficinas que, de un numero de 18 en el año 1870 pasaron a 50 en el año 1890, aumentando a 102 en el año 1910, y llegando a 130 en vísperas de la Primera Guerra Mundial, se distribuían en toda la región salitrera y se vinculaban con un conjunto de puertos en la costa por medio de los ferrocarriles salitreros, todos ellos de propiedad privada. El importante crecimiento de la población que entre los años 1885 y 1895 crece de 88 mil a 141 mil habitantes, radicados en las localidades y oficinas del interior y en los puertos y caletas de la costa, abrió un mercado interno que estimuló la economía y permitió, al otro extremo del país, la incorporación definitiva y efectiva de las regiones agropecuarias al sur de Concepción a la vida económica nacional.

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(1) Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo. Un siglo de Historia Económica, Editorial Universitaria, Santiago, 1991. p.41.

25 noviembre 2005

Una mirada retrospectiva

Al comenzar este nuevo siglo, es imposible dejar pasar la valiosa oportunidad de invitarlos a hacer una mirada retrospectiva hacia la época anterior, para que juntos podamos recoger la experiencia del largo camino recorrido y, de esta manera, guiar nuestros pasos seguros hacia ese futuro tan impredecible para todos nosotros.

Querer abordar todo lo acontecido en un siglo, con sólo una mirada, es una tarea difícil de emprender. Por esa razón, nos limitaremos a tratar algunos de los tantos problemas que aquejaban a la sociedad chilena en la primera década del siglo XX, centrándonos en cómo se fue configurando un proceso marcado por hechos importantes como la Guerra del Pacífico y la Guerra Civil del año 1891 que, por lo demás, provocan una cadena de hechos que confluyen en el desarrollo de la Cuestión Social que se manifiesta en el surgimiento de diversos movimientos obreros, alcanzando su punto más alto en los incidentes del 21 de diciembre del año 1907.

Espero que esta invitación, a casi cien años de la masacre en la Escuela Santa María de Iquique, sea una instancia para reflexionar sobre cómo estamos iniciando este nuevo siglo y qué es lo que esperamos de él.